lunes, 17 de mayo de 2010

Barbecou Texas Massacre: La Sierra es la Familia

1944, Austin, Texas. La sala de cine local, el Paramount Theatre, estuvo en aquel año a punto de transformarse en una improvisada sala de partos. Es que alguien muy inquieto y apresurado pujaba por salir a dar la bienvenida al nuevo mundo en aquel insólito lugar. Sólo en ese punto, aquel prematuro deseo no pudo ser cumplido, ya que su madre logró tener un parto normal en el hospital zonal. Sin embargo, el destino no quiso ser injusto y mezquino con él, y guiaría sus pasos por el camino correcto, transformándolo, finalmente, en el director cinematográfico que cambiaría el concepto del cine terrorífico moderno, con su ópera prima y obra maestra: The Texas Chainsaw Massacre.

Aquella tierna y no menos premonitoria anécdota, que antecedió la venida del pequeño Tob Hooper al mundo no quedó en sus padres sólo como un dato menor. Veían en el niño un espíritu creativo que debía ser incentivado. Es por ello que, para su cumpleaños número 10 no dudaron en regalarle su primera cámara súper 8, con la que el jovencito comenzaría a experimentar, armando su propio universo cinematográfico, en el que era amo y señor de sus incipientes creaciones, inspiradas en el cine que más le fascinaba y del que era asiduo y fiel espectador. “Nunca olvidaré cuando, aún siendo un niño, me tomaba el tren hasta Houston para ver los últimos estrenos de la productora británica Hammer Films y disfrutar de aquellos títulos memorables, como The Curse of Frankenstein o The Horror of Dracula.

Esos momentos quedaron grabados en mi mente y retina para siempre, así que no es descabellado pensar que mis primeros cortos caseros rindieran homenaje a esas películas”. Por suerte, todo aquel entusiasmo no se debía solo a la novedad del flamante regalo de cumpleaños y no se perdió a medida de que el muchacho crecía y buscaba encauzar sus inquietudes. Mientras finalizaba sus estudios se dedicó a realizar anuncios para televisión, películas industriales por encargo y algunos documentales. En 1972 Hooper emprendió su primer proyecto cinematográfico propio con un largometraje que tituló “Eggshells”. Eran tiempos de encendida agitación social; había finalizado la guerra de Vietnam, revueltas raciales y estudiantiles y la extinción del movimiento hippie. El cine de denuncia y con mensaje era un tópico prácticamente infaltable, de moneda corriente y casi obligatorio en los nuevos y jóvenes realizadores. Hooper, en esta primera incursión, tampoco quedó fuera del estilo. “La película retomaba el tema de Vietnam. El regreso a casa, la desaparición de los hippies y su conversión en los nuevos yuppies. Estaba ambientada en una comunidad, pero no tuvo repercusión. En cierto modo se puede entender que el fracaso de público que supuso Eggshells me llevó a rodar algo como lo que vendría luego”. No es bueno, dicen, reírse del fracaso ajeno. Pero en este caso haremos una entendible excepción, ya que si el ignorado e incomprendido primer trabajo de Hooper hubiese sido un éxito, quizás los siguientes pasos del joven director no hubieran sido los mismos y The Texas Chainsaw Massacre jamás hubiese existido, para nuestra desgracia. Tras esa frustrante experiencia, el director se puso a trabajar en un nuevo proyecto, junto a un amigo ilustrador y aficionado guionista, Kim Henkell. El objetivo era claro esta vez: ir directamente al grano y manufacturar un producto que fuera de interés para la industria cinematográfica. Sin paliativos ni coartadas culturales. El género de terror era el camino más corto, efectivo y menos costoso para alcanzar ese fin. Director y guionista tomaron dos películas clave como modelo: el clásico de Alfred Hitchcock, Psycho, y la innovadora Night of the Living Dead, de otro joven y promisorio director: George Romero.

La primera, un clásico indiscutido del género, les ofrecía un perfil más suavizado de la historia del caníbal y necrófilo de Wisconsin, Ed Gein, que ya era toda una leyenda local. El film de Romero, por su lado, demostraba cómo se podía hacer una película impactante y efectiva con poco dinero. De aquella, por lo menos en apariencia, prometedora fórmula nació la historia, y confeccionaron el guión, al que titularon originalmente “Headcheese” y “Leatherface”. Era la historia de un grupo de risueños jóvenes que hacen una salida de campo veraniega y terminan topándose con una sangrienta familia de carniceros caníbales y psicópatas. El relato iba tomando forma y se veía interesante, pero faltaba algo más. Algo totalmente diferente, brutal y realmente aterrorizante. El director confesaría, una década después de estrenada la película como nació la idea de incluir la sanguinaria y espeluznante motosierra. Hooper se encontraba haciendo las últimas compras para navidad, en un shopping lleno de clientes desesperados por conseguir las ofertas de la festividad. Una marea humana enloquecida prácticamente lo arrastró a un sector de exposición, dedicado a herramientas de pesado porte. De repente se vio frente a una pared repleta de motosierras de todo tipo y tamaño: “en treinta segundos, juro que ví la película completa pasar frente a mí”. La capital texana de Austin, ciudad natal de Hooper, pasaba por un momento cinematográfico nada despreciable y, de hecho, a la ciudad se la conocía como “el Hollywood de Colorado” al comenzar la década de los 70’s. El joven director tenía algunos contactos locales de interés que le servirían para el proyecto de su película y así pasar del remendado guión al celuloide tangible. La televisión estatal era uno de ellos. Hooper les había rodado un par de documentales, que generaban un volumen de producción nada despreciable, aunque hacía falta una ayuda institucional importante. Entonces se dirigieron con el guión a la Texas Film Comision. Ésta no subvencionaba proyectos cinematográficos privados con dinero público, pero sí podían conectarlos con inversores a los que les pudiera interesar la idea. También les jugaba a favor que la comisión estaba harta que cineastas forasteros fueran al estado a filmar películas con sus colegialas en pelotas, por lo que un proyecto netamente inspirado y concebido en Texas les cayó bien. Por otro lado, la reciente creación de un departamento de cine en la universidad, que formaba desde técnicos a intérpretes, era el lugar adecuado en donde buscar la materia prima humana dispuesta a embarcarse en el audaz proyecto. Pronto en escena comenzaron a aparecer personajes claves, que hicieron posible, a nivel económico, el rodaje de la película. Un tal Bill Parsley, hombre de negocios que se dedicaba a invertir pequeñas sumas en emprendimientos texanos, al cual le interesó el asunto y aportó u$s 60.000 para la producción, quedándose, por contrato, con el 50% de las ganancias de la película. Parslet creó, para la ocasión, una productora que tenía, por capitalistas, a un abogado de Austin que aportó u$s 5.000 a la sociedad, la hermana del guionista Kim Henkell, que entró a ella con u$s 1.000 más y un oscuro personaje que aparece en los créditos como productor asociado y que ponía u$s 10.000 en efectivo. Por lo que se decía, este era un reconocido traficante de marihuana del estado. Conseguido lo principal, el dinero, ahora había que poner manos a la obra y comenzar a filmar. Para ello deberían armar un equipo de trabajo eficiente, profesional, pero acorde con el escaso presupuesto con el que se contaba. Para esta tarea focalizaron su atención en reclutar personal de la universidad de Texas y de su departamento de cine.

El 15 de julio de 1973 dio comienzo el rodaje de la más bizarra y salvaje historia jamás concebida y filmada. Un equipo de veinte personas, entre personal técnico y actores se trasladaron a una granja (hoy lugar de visita turístico) en un aislado pueblo texano, llamado Round Rock. Las inclemencias del clima de la región se hicieron sentir despiadadamente sobre los recién llegados, dándoles, literalmente, una calurosa bienvenida. El calor era realmente abrasador e insoportable. El verdadero horror se viviría detrás de cámara y, es muy probable que la presión, bajo condiciones de trabajo tan precarias, desgastantes e insalubres, se tradujera en el demencial y opresivo clima que se respira minuto a minuto en el film. “Las luces comenzaron a derretir la grasa de los huesos y la carne que había sobre los platos comenzó a pudrirse. Todo el equipo se descompuso y se pusieron a vomitar fuera del set”, declaraciones éstas de Jim Siedow, el “cocinero”. Dottie Pearl, la encargada del maquillaje, tampoco guardaba muy buenos recuerdos de la experiencia: “Horrible, realmente horrible. Humedad, sol abrasador, bichos de todo tipo, un baño para todo el mundo, una docena de personas haciendo el trabajo de cincuenta, jornadas de 22 horas con una sola comida”. Bob Burns, director artístico fue, sin duda, el responsable de crear el ambiente enfermizo y malsano del interior de aquella vieja granja, convertida en matadero donde viven los carniceros psicópatas. El estilo de decoración, heredado del maestro del bricolaje necrófilo, Ed Gein, fue de evidente inspiración a la hora de montar el grotesco escenario. Para ello se necesitaron cantidad de huesos de toda especie. Burns, personalmente, se internó en el desierto bajo el implacable sol texano, en busca de osamentas: “Eran montañas de huesos de animales que ni se molestaban en enterrar. Había de todo; vacas, caballos, oveja y hasta

monos”, recuerda Dottie Peal, quien acompañaba a Burns en estas tétricas excursiones.

Luego de volver exhaustos y cansados, llenos de bolsas de huesos al set, Hooper decidió finalmente no utilizar tanto material de ese tipo, y debieron quemarlo. Pearl confiesa que, en aquella ocasión, le comentó a Burns un sentimiento más que genuino de lo que allí se estaba viviendo: “esto es enfermo, estamos trabajando en una película enferma y nos estamos convirtiendo en enfermos”. Una apreciación más que acertada y sincera, a juzgar por el resultado final del film. Burns recuerda cómo nació la mítica escena del armadillo para la película: “La primera mañana del rodaje encontramos el cadáver putrefacto de un perro que yacía en la carretera y lo filmamos. El último día encontramos un caballo muerto, con moscas y todo, pero a Tob y al cámara les dio tanto asco que ni lo rodaron. Hubiera sido un gran plano para empezar la película”. Aunque hay que admitir que la escena de aquel armadillo patas para arriba, al costado de la carretera y a pleno rayo del sol es una de las escenas más áridas y sofocantes, que se pudiera elegir como prólogo a la demencia que vendrá. El clima áspero y tenso de las jornadas de rodaje comenzó a hacerse notar en la relación entre los actores. Parece ser que Marilyn Burns, la protagonista femenina, entabló algo más que una buena relación con el texano capitalista de la película, Bill Parsley, quien la cubría de atenciones en su Cadillac con aire acondicionado, mientras el resto del equipo se fría al rayo del sol, entre esqueletos y carne podrida. Ed Neil, “el autoestopista”, recuerda la antipatía que se había ganado la joven y, que en aquellas condiciones límites, se estaba tornando peligrosa: “hubo más de una persona que nos disuadió de matarla”. A pesar de todo, el trabajo de

la actriz fue impecable y superó con creces lo imaginado.

Como bien lo resalta un acérrimo fanático, hasta la médula, del film, el desaparecido Chas Balum “no se escuchaba una gritona tan grande y convincente en la historia del cine desde Fay Wray en la versión original de King Kong de 1933”. Finalmente, y luego de 35 interminables días, llegó la ansiada última semana del rodaje, en la que, supuestamente, aquel calvario terminaría. Para el final dejaron la insoportable, demencial y ya mítica escena de la cena con los mongoloides

carniceros, babeándose junto a su desencajada víctima.

Todo lo vivido semanas anteriores fue como un perverso juego de niños, comparado con el verdadero infierno que se avecinaba en esa jornada. Veintisiete horas de tortura psicológica y física para técnicos, asistentes y actores. Encerrados todos en una habitación, cercados por potentes luces que iban calentando más y más el ambiente, tornándolo insoportable e irrespirable, más aún teniendo en cuenta que la carne se descomponía ya de por sí, por acción de la temperatura natural reinante, emanando un olor putrefacto y nauseabundo, que descomponía a más de uno del equipo. “Algunos tenían que salir afuera para vomitar. Después volvían a entrar”, recuerda el hoy mítico Gunnar Hansen, quien hizo

el papel del temible Leatherface.

Tras la traumática experiencia, la filmación llegó a su fin. Ahora venía el trabajo de post producción, con el que se le daría forma definitiva a la creación. Luego de un par de meses de montaje se pasó a la fase de sonido. Hooper metió mano directamente allí, ya que tenía algunas nociones musicales. El resultado final fue enfermizo, único y espeluznante. “Hicimos toda la música en una habitación minúscula, a base de métodos muy caseros, como magnetófonos de mano, por ejemplo. Mezclamos toda clase de sonidos: violines, banjos, tubas. Creamos ecos de la forma más rudimentaria posible: pasando el sonido de un grabador a otro. Experimentamos todo lo que se nos ocurrió”. El trabajo final fue pulido por un experto en la materia, Ted Nicolau, que había trabajado como mezclador de sonido nada menos que para “El Exorcista”. El siguiente paso fue mezclar los 16 milímetros originales en 35 milímetros, para así conseguir la atención comercial de las distribuidoras. En realidad a nadie le interesaba aquel desmadre pesadillesco, a manos de un director desconocido. Sin embargo, un tipo que chequeaba el resultado final del traspaso de la copia original a 35 milímetros y trabajaba en unos olvidados laboratorios de Hollywood les dijo una frase célebre a los responsables del film: “Hay un montón de personas enfermas en el mundo, y todas ellas van a ir a ver esta película. Muchachos, van a hacer un montón de dinero”. Para que aquella acertada y premonitoria predicción se hiciera realidad, pasó un tiempo considerable con la película rodando por infinidad de distribuidoras, que no daban un peso por ella o, si lo hacían, ni se llegaban a cubrir los gastos invertidos. Finalmente, dieron con unos mafiosos metidos en el negocio del porno, que se habían hecho ricos con la distribución del clásico “Garganta Profunda” y a los que se les endilgaba la misteriosa muerte de Bruce Lee, quienes se interesaron en la compra del film, para incluirlo en el catálogo de una nueva productora que habían inaugurado, fuera del mercado del porno, y que no era otra cosa que un lavadero de dinero. Compraron la película por u$s 225.000, más el 35% de los beneficios que recaudara a nivel mundial. Pronto la película, los primeros meses tras su estreno, se transformó en un éxito de taquilla inusitado, sobre todo en la programación de trasnoche. Pero la cosa no quedó allí. Los derechos de explotación en video fueron de u$s 200.000, la cantidad más alta, hasta la fecha, que se había pagado por una película independiente. The Texas Chainsaw Massacre, increíblemente dejó, económicamente, en sus creadores, un sabor amargo, plagado de juicios, contrajuicios, pleitos, acciones legales y muchas cuentas oscuras. Pero esa es una parte ínfima e insignificante, comparada con el culto y la irrepetible escuela que el film generó desde su concepción. Como muy bien alguien la definió, sin exagerar, es “Lo que el Viento se Llevó” de las películas de horror. “Todavía, al día de hoy, cada vez que mirás The Texas Cjainsaw Massacre, te das cuenta del tiempo que desperdiciaste en oscuras salas de cine, esperando ver eso nuevamente. Y eso es algo bueno. Nadie lo ha hecho mejor”, Chas Balum (1948 - 2009).


Nunca voy a olvidar la ansiedad y el nerviosismo que me invadieron la primera vez que, por fin, iba a ver aquel film oscuro y prohibido. Sabía de su existencia, con solo algunos datos muy escuetos. Y sólo había visto unos escasos minutos de algunas escenas en una película que recopilaba clásicos del cine de terror, y que aquí se estrenó con el título de “Terror en los Pasillos”, presentada por Dolnald Pleasense. Cuando vi aquellas fugaces escenas quedé atornillado a la butaca y sentí la misma sensación que cuando iba a las funciones en el cine teatro Premier, de la calle Corrientes, donde se proyectaban videos de rock, y pasaba horas allí sólo para ver pocos minutos de mis ídolos, Kiss y Alice Cooper. Fue en el año ’86 que conseguí una copia del film, grabada en VHS, a través de un comisario de a bordo de Aerolíneas Argentinas. Cuando supe que me la prestaría no dudé en viajar en un taxi hasta el barrio de Flores para hacerme de aquel tesoro prohibido. Aquel día hice un esfuerzo sobrehumano, pero esperé hasta la noche para verla. Sabía que la copia era en inglés, sin subtítulos, pero eso poco me importaba. Cuando presioné PLAY en la videocassettera y esa sugestiva voz en off, junto con el relato impreso al mejor estilo documental que nos introducía en parte del horror a venir, ya me di cuenta de que nada volvería a ser igual para mí, en la concepción que tenía de una película de terror. La textura de la filmación, aquellos actores totalmente ignotos y desconocidos y la montaña rusa sin freno ni destino final en la que se va transformando la demencial trama superó todo lo imaginable y entendible en ese sentido para mí. Todo me parecía demasiado horroroso y extremo, pero a la vez poco claro y comprensible. Y eso ayudaba a que el terror se hiciera aún más intenso. Desde aquel día adopté a The Texas Chainsaw Massacre como mi película favorita y de cabecera y estoy seguro que he hecho una acertada elección, ya que nadie ha podido destronarla del lugar de privilegio que le otorgué en mi vida.


FUENTES:

“Sangre, Sudor y Vísceras: Historia del Cine Gore”, Manuel Valencia y Eduardo Guillot.

“La Matanza de Texas: La Sierra es la Familia”, Manuel Romo

“Horror Holocaust”, Chas Balum

“Texas Chainsaw Massacre Fan Club”, http://www.tcmfanclub.com/

“Gunnar Hansen Official Website”, http://www.gunnarhansen.com/





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